![]() |
El pasado lunes 14 de septiembre se celebró el centésimo aniversario del natalicio del escritor uruguayo Mario Benedetti. Benedetti, como muchos intelectuales del siglo XX, se interesó por la política. A raíz de la situación política de su país natal en 1973, el autor debió partir al exilio por más de doce años, debido a poseer serias desavenencias ideológicas con el gobierno imperante en Uruguay.1 No obstante, esto no evitó que Benedetti siguiera involucrado en política, haciendo referencia en varias de sus creaciones a temas como el exilio y la persecución política llevada a cabo por las dictaduras latinoamericanas. Dentro de esta gama de tópicos, se encuentra la tortura.
De aquí en adelante, analizaremos el tratamiento de la figura del torturador en el cuento “Escuchar a Mozart” y en la obra dramática “Pedro y el Capitán”. Por un lado, “Escuchar a Mozart” de 1977 nos relata la progresiva deshumanización que sufre un torturador, el capitán Montes, y los efectos que el torturar produce en su persona. Lo interesante de esta narración, es que su propia conciencia le está enrostrando la deshumanización que sufre y que lo lleva a asesinar a su hijo. En cambio, “Pedro y el Capitán” de 1979 trata sobre las conversaciones que sostienen un torturado, Pedro, y su interrogador, el Capitán, que pese a no agredir físicamente a Pedro, sí intenta extraer información mediante la palabra. Después de reflexionar, puedo aseverar que Benedetti ocupa la figura del torturador para mostrar lo cruento del acto de la tortura.
En primer lugar, porque, en vez de dotar de nombres propios a ambos torturadores, le da importancia al grado militar de los personajes. La labor de estos torturadores era hacer el “bien por la patria”, ya sea agrediendo físicamente, o intentado extraer información luego de una golpiza, aprovechándose de la situación de la víctima. La falta de nombre indica la carencia de una identidad propia como ser humano, y por tanto, de poseer las facultades innatas de un humano, entre ellas, el poder sentir empatía por otras personas. Los torturadores no eran nada más que una “ otra pieza” en el gran “engranaje” de los gobiernos para oprimir a sus detractores. Por ende, el hecho que Benedetti les haya asignado un grado por sobre un nombre significa que pretende mostrar al torturador como un eslabón más de lo que fueron las políticas de tortura de los gobiernos. Ellos estaban allí para obedecer y no para sentir lástima por los torturados. De ahí la importancia de la privación de un nombre propio, ya que, una tortura, el hacerle daño a un ser humano, requiere una desensibilización para así lograr el objetivo. Por tanto, la falta de nombre, y por ende, de empatía de los torturadores indica a la tortura como algo cruento e inhumano.
Otro argumento para esta afirmación, es la aversión que ambos torturadores experimentan ante el hecho de torturar. El efecto inicial que provocó en el capitán Montes la tortura fue de completo disgusto, lo cual se expresó en el plano físico (vómitos) y en el plano onírico. Esto es apreciable en: “de noche estuviste vomitando durante horas[...]durante muchas noches soñaste con aquel muchacho”(Benedetti, 1977)2. Además, una vez se dejó de cuestionar si el torturar estaba bien o mal, le provocó que no pudiera seguir disfrutando a Mozart. Esto ocurría, ya que, inconscientemente, el peso de torturar le decía sutilmente que su labor como torturador no le permitía seguir disfrutando de lo que le gustaba. Visible en: “Hasta hace poco la música te limpiaba,[...]y claro a Mozart no se le puede escuchar con miedo sino con el espíritu libre y la conciencia tranquila. O sea que mejor apagá el tocadiscos.”(Benedetti,1977)3. En otras palabras, el ser un torturador no es algo placentero y no está libre de secuelas. En cambio, en Pedro y el Capitán, el Capitán de partida se muestra reacio a realizar tortura física. Observable en: “No, hay otros que son tremendos. Te confieso que yo no podría hacer ese trabajo sucio.”(Benedetti, 1979, página 18)4. Sin embargo, esto no es todo. Al final de la obra, el Capitán le suplica a Pedro por un poco de información, ya que, de esa manera, podría excusar el cruel trabajo que había estado realizando. Todo esto es apreciable en: “No sé si me entiende: aquí no le estoy pidiendo una información para salvar al régimen, sino un dato para salvarme yo, o mejor dicho lo que queda de mí. Le estoy pidiendo la mediocre justificación de la eficacia, para no quedar ante Inés y los chicos como un sádico inútil, sino por lo menos como un sabueso eficaz,”(Benedetti, 1979, páginas 86 y 87)5. Lo anteriormente citado permite darnos cuenta del arrepentimiento que siente el capitán por haber llevado a cabo su labor de torturador. Pese a realizar sus torturas (independiente si terminan por obviar los efectos de la tortura en su persona), podemos apreciar que ambos torturadores experimentan secuelas por haber efectuado tortura. Benedetti, con esto, quería mostrar cómo el mero hecho de torturar les produjo una considerable represalia en su persona interior, ya sea, mediante la toma de conciencia y carga de haber hecho algo cruel (Pedro y el Capitán) o la pérdida de hábitos placenteros junto a graves secuelas en el inconsciente (Escuchar a Mozart).
En conclusión, Benedetti ocupa a ambos torturadores para mostrar lo cruento y sádico de la acción de torturar, ya que, al privarlos de un nombre, y otorgarles grado, muestra la falta de empatía y humanidad que se requiere para torturar y ser una “tuerca más” en el “engranaje” de la tortura institucionalizada, y porque nos señala que el acto de torturar provoca necesariamente algún tipo de considerable rechazo en el perpetrador, consciente o inconsciente, debido a la cruel naturaleza del acto de torturar. Puede que Benedetti no siga vivo, pero estas dos obras suyas se encargarán de recordarle al mundo lo grave y cruenta que es la tortura.
Juan Pablo Cardemil M.


Muy interesante tu comentario Juan Pablo, la falta de nombre propio, aquello que nos identifica y que nos hace ser alguien definido en este mundo se ve reducido a un rango militar que generaliza y avala su actuar. En pleno siglo 21 las palabras del autor siguen vigentes.
ResponderEliminar